Independientemente de que el tipo nos caiga bien o se nos atore en el cogote, la reciente denuncia del famoso influencer que se hace llamar Luisito Comunica caló hondo y profundo no sólo en Quintana Roo, sino también a nivel nacional. En un video que se viralizó en cuestión de minutos, exhibió la manera en que un chofer “pasado de lanza” –como dicen los chavos– le cobró más de dos mil pesos por un trayecto de apenas 20 minutos de duración.
La secretaria de Gobierno, Cristina Torres, salió a dar la cara para explicar que no es un asunto que pueda regular el estado, mientras que la gobernadora Mara Lezama ofreció diálogo con las partes involucradas en busca de acuerdos. El asunto llegó incluso a Palacio Nacional, donde la mismísima presidenta Claudia Sheinbaum dedicó unas palabras a este tema en su conferencia mañanera, si bien no ofreció soluciones concretas.
Y es que no es lo mismo que Juan Pérez publique un video donde se queje de los abusos de taxistas en el Aeropuerto Internacional de Cancún, o que incluso se trate de un turista extranjero, a que lo haga el también empresario mexicano que cuenta con más de 40 millones de seguidores en YouTube y 30 millones más en Instagram. El tipo es un fenómeno de las redes sociales y ciertamente tiene la habilidad de comunicar y generar empatías entre sus fans. Por si fuera poco, goza de total libertad para subir lo que se le pegue la gana y sobre el tema que se le antoje.
Pero más allá de estas cuestiones mediáticas, el hecho es que Luisito puso el dedo en esa llaga que supura fétidamente desde hace muchos años en este destino turístico. Hoy por hoy, en el servicio de transporte de la terminal aérea de Cancún rige la ley del más fuerte. No existe reglamentación ni estatal ni federal que impida los abusos cotidianos en contra de cualquiera que necesite salir de ahí, ya sea para dirigirse a su centro de hospedaje o a su domicilio, en el caso de los locales.
Y uno se pregunta, ¿cómo se podría destrabar este nudo gordiano? Los choferes de UBER, que ofrecerían tarifas más justas y accesibles, siguen siendo satanizados y hostigados por taxistas oficiales y piratas con el pretexto de que no operan de manera legal. Utilizar los autobuses para muchos viajeros tampoco es la mejor opción, pues además del tiempo que tardan en llegar a las distintas terminales, después hay que tomar otro transporte para ir a sus destinos finales.
El tema es delicado y requiere de un gran esfuerzo coordinado para establecer nuevas reglas de convivencia y, sobre todo, de legalidad y justicia para los millones de turistas y locales que llegan al Aeropuerto Internacional de Cancún.




