La administración de Donald J. Trump como presidente de los Estados Unidos este año comenzó con un objetivo claro: hacer evidente el cambio de gobierno desde todas las aristas; el tono y la forma de comunicar, la serie de órdenes ejecutivas firmadas y emitidas horas después de su investidura presidencial provocando una serie de crisis constitucionales, retirando a su país de diversos acuerdos internacionales en el ámbito de derechos humanos, salud y medio ambiente, estableciendo líneas claras de acción gubernamental con serios retrocesos en materia de derechos civiles y acceso a la educación.
Pareciera que semana tras semana, hay un escándalo con el presidente Trump; si no es por amenazas arancelarias hacia Canadá y México, es un posicionamiento contra la seguridad europea y un guiño a Vladimir Putin, o el planteamiento de crear un supuesto “desarrollo turístico” encima de las miles de muertes y destruccion en la Franja de Gaza.
Las cuentas de comunicación oficiales de la Casa Blanca han tirado la diplomacia por la borda, y cada día son más erráticas sus formas y mensajes, atacando a ciudadanos estadounidenses o promoviendo discursos de odio contra minorías.
Todo esto provoca un golpeteo político constante, un malestar social, y un amplio sentimiento de desesperanza para una comunidad internacional que ha destinado (con errores y aciertos) décadas de construir un sistema internacional alejado de las guerras mundiales del siglo XX.
La desesperanza es la semilla para desmotivar a las personas en búsqueda de vías alternas de construcción de paz.
Si lo que provoca es enojo, no es una coincidencia. Si lo que cultivan es el miedo, no es un acto de azar.
Quizá hoy más que nunca, la visión de comunidad; de resiliencia y de paciencia serán los valores que las comunidades grandes y pequeñas, dentro de Estados Unidos y México, y del mundo, será la mejor forma para navegar los años que apenas comienzas con Trump.




