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martes, marzo 31, 2026

Lengua Viperina

En política, como en la vida, las palabras son armas de doble filo. Pueden construir puentes o prender fuego a las relaciones. Y en tiempos donde los reflectores internacionales no solo apuntan hacia los hechos sino, más aún, hacia los gestos y declaraciones, la prudencia verbal debería ser la primera virtud de cualquier servidor público. Sin embargo, algunos parecen no entender que cada palabra lanzada desde una tribuna oficial es también una piedra que puede rebotar sobre el tejado de su propio país.

El impresentable presidente del senado Gerardo Fernández Noroña volvió a hacer lo que mejor sabe: provocar. Con su estilo incendiario y su desprecio habitual por las formas diplomáticas, se burló de un colega estadounidense sobre el tema de las remesas en un tono que osciló entre el desdén y la sorna, provocando un malestar inmediato en la arena política mexicana. La presidenta Claudia Sheinbaum, no tardó en jalarle las orejas al rijoso en la mañanera. Y es que no se trataba de una simple anécdota ni de un “exceso de color”; era una bofetada diplomática en un momento donde México requiere cautela, inteligencia y, sobre todo, respeto.

Fernández Noroña ha construido su carrera con base en la estridencia. Le ha funcionado como estrategia política dentro del ajedrez nacional. Le fascina provocar y que le respondan. Hasta pareciera que le excita que lo insulten. Pero una cosa es ser polémico para agitar las aguas internas y otra muy distinta es comprometer la relación con un socio estratégico como Estados Unidos. Lo que dice un senador mexicano no queda en el eco del Congreso nacional; cruza fronteras, se analiza, se interpreta. Y cuando esas declaraciones suenan a burla o arrogancia, el daño es inmediato.

La política exterior de un país no puede depender de los humores de un legislador. En tiempos de tensiones globales, de comercio frágil, de migración masiva y de cooperación en seguridad, un comentario mal dirigido puede costar millones, puede tensar tratados, puede congelar acuerdos. Sheinbaum lo sabe. Sabe que gobernar implica navegar en aguas internacionales con pericia, sin permitir que quienes debieran ser aliados se conviertan en obstáculos.

Es cierto que la libertad de expresión es un valor fundamental. Pero en la política, esa libertad también viene acompañada de responsabilidad. No se trata de censurar, sino de comprender el peso de cada palabra. La política, en su mejor versión, es el arte de lo posible, no de lo provocador. Y si algo se espera de quienes ocupan cargos públicos es mesura, no espectáculo.

No es la primera vez que Fernández Noroña lanza una granada verbal que explota más allá de nuestras fronteras. Pero quizá esta vez, el reclamo de la presidenta sea el punto de inflexión. Porque si algo necesita México en esta nueva etapa política es menos estridencia y más visión. Y esa empieza por entender que, en política exterior, la lengua también es una herramienta de Estado. 

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