El insomnio se ha convertido en uno de los males más extendidos y menos atendidos. Las cifras no mienten: más del 40% de los mexicanos adultos reconoce tener dificultades para dormir al menos tres veces por semana. No es casualidad. Vivimos acelerados, preocupados, conectados a todo… menos a nosotros mismos.
Las principales víctimas de esta epidemia silenciosa son adultos entre los 30 y 55 años, aunque cada vez hay más jóvenes atrapados en el ciclo del desvelo. Las mujeres lo padecen más que los hombres, en parte por la carga emocional y mental que muchas veces implica combinar el trabajo, el hogar y los hijos. Pero no se trata solo de género ni de edad: el insomnio es democrático y no respeta profesiones ni estratos sociales.
Las causas son variadas, pero destacan tres: la ansiedad, el estrés laboral y el uso excesivo de pantallas. México trabaja mucho y descansa poco. Las jornadas largas, los sueldos bajos, la presión constante por “rendir” y la incertidumbre económica hacen del descanso un lujo para muchos. A eso se suman problemas emocionales no resueltos, rupturas, duelos, miedos, y una hiper conexión digital que nos roba la calma hasta en la madrugada.
Debo confesar que yo mismo he sido víctima de este padecimiento. Desde hace algún tiempo, el insomnio se ha convertido en un visitante no invitado que altera mis noches y, peor aún, sabotea mis días. El bajo rendimiento, la fatiga constante y la somnolencia durante las horas laborales son el precio que uno paga por no poder desconectarse del todo.
Frente a este panorama, muchos optan por lo fácil: los somníferos. Pero el remedio puede ser peor que la enfermedad. El uso prolongado de estos medicamentos puede generar dependencia, tolerancia e incluso efectos secundarios como pérdida de memoria, confusión y somnolencia diurna. Dormir no es lo mismo que sedarse.
La alternativa está en lo natural. Ejercicio regular, cenas ligeras, meditación, infusiones de valeriana o manzanilla, reducir el uso del celular antes de dormir y, sobre todo, recuperar la higiene del sueño. Un adulto necesita entre 7 y 9 horas de sueño por noche para funcionar correctamente, tanto física como mentalmente.
Dormir bien no es un lujo, es una necesidad vital. Y quizá, en este México que no se detiene, aprender a cerrar los ojos a tiempo sea un acto de verdadera resistencia.




