Lamentable, reprobable y digno de análisis es lo que ocurre en Tulum con personajes que, sin méritos ni talento comprobado, se enquistan en la política local como si el simple hecho de portar un apellido los hiciera conocedores y líderes de opinión. La memoria colectiva en Quintana Roo suele ser corta, y ahí es donde florecen los oportunistas de ocasión.
Uno de estos especímenes es Eugenio Barbachano Losa, actual quinto regidor en Tulum, suplente por accidente, advenedizo por definición y vividor por convicción.
Quien se vende como “quintanarroense de nacimiento, yucateco por tradición, mexicano por amor y político por vocación” es en realidad un remedo de servidor público: sin título universitario, sin trayectoria probada, y con la peligrosa costumbre de creerse gurú del turismo solo porque en su árbol genealógico hay hoteleros.
Barbachano se ostenta como voz autorizada en turismo, cuando la realidad es otra: nunca ha dirigido una empresa hotelera, nunca ha gestionado un complejo turístico, y sus propios familiares lo han mantenido lejos de los negocios, ya que sus familiares sí son prósperos turisteros y poseedores de extensiones de tierra como aquellas que alguna vez tuvieron cerca de Chichén Itzá y que vendieron en el pasado sexenio federal.
Si algo domina Eugenio, es la verborrea vacía y la arrogancia de quien confunde apellido con conocimiento.
Sus declaraciones contra las políticas públicas en materia turística —federales, estatales y municipales— no son más que ataques improvisados, sin sustento ni autoridad moral. No hablamos de crítica constructiva, sino de berrinches disfrazados de discursos.
Pero Barbachano no está solo. Forma parte del séquito de perdedores profesionales como David Ortiz Mena, Jorge Portilla Mánica y, por supuesto, su padrino político y empresarial Carlos Joaquín. Todos unidos por la misma obsesión: aferrarse al hueso público, aunque sea desde trincheras menores, aunque no tengan un gramo de visión ni mucho menos resultados que los respalden.
En ese círculo de mediocridad, Barbachano juega a ser el gran gestor y facilitador entre empresarios y autoridades. Traducción: un intermediario que cobra favores y permisos, que presume “contactos” y se jacta de linaje empresarial, cuando en la práctica no pasa de ser un cobrador de favores disfrazado de político.
Hoy desde el cabildo, el “quinto regidor” busca sembrar encono y fractura. Sueña con ser presidente municipal, aliado con Ortiz Mena y Portilla, como si Tulum mereciera un destino de segundones y coleccionistas de derrotas. Una constelación de estrellas apagadas que juntas no alumbran ni para encender una veladora.
El daño es evidente: personajes sin preparación ni ética que se enquistan en la administración pública para vivir del erario, bloquear proyectos y manipular discursos. Tulum, joya natural y motor turístico de Quintana Roo, está siendo rehén de vivales que en lugar de aportar, exprimen; que en lugar de construir, destruyen.
Lo triste es que la gente olvida. Olvida quiénes han saqueado, quiénes han mentido, quiénes han frenado el desarrollo con su ambición desmedida. Barbachano es un ejemplo de cómo un apellido y una narrativa inflada pueden engañar a más de uno, pero también un recordatorio de lo que Tulum debe evitar si quiere crecer con rumbo.




