de empresarios y prestadores de servicios parece empeñado en ir a contracorriente. Actúan como si el destino aún viviera aquella época dorada donde cualquier precio era válido y el turista lo pagaba sin chistar. Pero ese momento pasó, y pasó hace rato.
La presidenta Claudia Sheinbaum instruyó a la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora, a encabezar un operativo integral de rescate, respaldado por la gobernadora Mara Lezama y el alcalde Diego Castañón. Se flexibilizó el control en el Parque del Jaguar, se ordenó el acceso para locales y se revisaron tarifas para hacerlas razonables. La medida fue celebrada… excepto por quienes insisten en operar bajo la lógica del viejo Tulum: cobrar como si el paraíso fuera eterno.
La Profeco lo dejó claro en su último operativo: se acabaron los excesos. Cinco hoteles fueron suspendidos por conductas abusivas, incluido el “Diamante K”, del actor y empresario Roberto Palazuelos. Las cifras hablan solas: habitaciones arriba de los 13 mil pesos en plena crisis, tacos a 400, quesadillas a 300 y un guacamole a 290 pesos. Menús sólo en inglés, precios ocultos, propinas prácticamente obligadas y, para rematar, sin facturas.
Después de ver ese panorama, se entiende por qué la aventura política del “Mirrey” de las telenovelas ochenteras terminó en una derrota tan amplia frente a Mara Lezama. Si así trata a quienes pagan por descansar en su hotel, imagínese al ciudadano común.
Lo irónico es que quienes más se quejan de la baja de visitantes son los mismos que se aferran a estas prácticas. El 2025 dejó a Tulum golpeado por el sargazo, violencia, taxis depredadores, precios irracionales y una desconexión total con la experiencia del turista. Hoy, mientras el gobierno intenta reconstruir la confianza, ciertos sectores se mantienen instalados en una soberbia que ya no tiene espacio en un mercado global donde el visitante simplemente elige otro destino… y se va.
Tulum no se salvará sólo con operativos ni con discursos. Se necesita que ese grupo de empresarios y proveedores de servicios entienda que el público cambió, que el 2019 no volverá y que la lealtad del turista se gana, no se exprime.
El que no se ajuste a la nueva realidad seguirá descubriendo, muy pronto -y muy caro- que los destinos turísticos también se cansan de los abusos… igual que los visitantes.




