Hay años que no se desean: se exigen. El 2026 será uno de ellos. No por capricho, sino por cansancio. Cansancio de un país que avanza en cifras microscópicas mientras retrocede en lo esencial; de una economía que presume estabilidad macro pero no logra traducirse en bienestar cotidiano; de una inseguridad que se normalizó al grado de ser paisaje; de una clase política que sigue sirviéndose con la cuchara grande y exhibiendo sus lujos con una desfachatez que ya ni rubor provoca principalmente entre la clase dominante de la 4T.
Uno de mis principales deseos es que el 2026 sea el año en que dejemos de confundir propaganda con resultados. Que el sistema de salud en nuestro México querido deje de ser un ejercicio de paciencia cruel: consultas que se postergan semanas, cirugías que esperan meses, familias que aprenden a sobrevivir a la burocracia antes que a la enfermedad. Un país que presume derechos pero que no garantiza servicios vive atrapado en su propio discurso.
En este 2026 que comienza, México tiene, además, una cita con el mundo. El Mundial de Fútbol nos pondrá bajo reflectores globales. No bastará con estadios relucientes, fachadas recién pintadas y sonrisas ensayadas; la mejor cara al mundo se construye con seguridad en las calles, transporte que funcione, hospitales que atiendan y autoridades que no confundan el poder con el botín. El reto es monumental y el tiempo, corto.
El contexto internacional en el año que inicia tampoco concede tregua. Mientras la izquierda se debilita en buena parte de América Latina, crecen las presiones externas y la retórica confrontativa desde Estados Unidos, con Donald Trump otra vez dispuesto a tensar la cuerda frente a regímenes autoritarios como los de Venezuela o Cuba. Bajo dicho panorama México no puede navegar estas aguas con ambigüedad cómoda ni con consignas huecas; nuestro país requiere Estado, diplomacia y rumbo fijo.
Mis deseos para el 2026 pasan además por un cambio que empiece a perfilarse, con trazos firmes. Que por ejemplo las marchas de la generación Z del pasado 15 de noviembre no queden como anécdota folklórica, sino como aviso y advertencia. Que la violencia política —como el asesinato del alcalde Carlos Manzo en Uruapan, Michoacán— y el de muchos otros importantes personajes de la política y el empresariado no sean una estadística más, sino un golpe de conciencia que nos obligue a reconstruir el pacto social.
Deseo, también, que la oposición deje de ser eco y se convierta en opción; que obligue al partido dominante a moderar tentaciones totalitarias y a gobernar con contrapesos reales. Pero sobre todo deseo crecimiento económico para cada uno de nosotros y nuestras familias, salud y bienestar auténticos para todos los mexicanos: no los del discurso, sino los que se sienten en la mesa, en el hospital y en la calle.
De último momento, mientras escribo esta columna, me entero de la triste tragedia del descarrilamiento del tren transoceánico en un paraje de Oaxaca. Me llena de tristeza la muerte de las víctimas y el número de lesionados, pero al mismo tiempo me llena de rabia enterarme para este cierre de año que una vez más las obras insignia de este movimiento político se ven envueltas en el dolor y en la tragedia. Dirán una vez más que esto pasa en cualquier parte del mundo y que los medios de comunicación lucramos con las desgracias. Nada más falso y más ruin. Sólo espero que no haya sido en vano y que la sociedad mexicana termine de despertar. Porque el 2026 no debería ser otro año que pase; debería ser el año que empiece a cambiarlo todo.




