Por: Jorge Castro Noriega
Desde hace más de una década, el sargazo pasó de ser una rareza marina a una pesadilla que cada año se anticipa, se agrava… y nos cuesta millones. En este 2025 no fue la excepción: desde abril empezó a asomarse con fuerza en las costas de Quintana Roo. Pero esta vez, la historia está cambiando. Ya no se trata solo de recogerlo a palazos ni de poner cara de emergencia. Ahora hay una jugada más estratégica en curso.
La gobernadora Mara Lezama decidió ir más allá del discurso y presentó un proyecto que suena ambicioso -y lo es-: un Centro Integral de Saneamiento y Economía Circular que no solo busca contener al sargazo, sino convertirlo en energía limpia y desarrollo económico. Es decir, transformar el problema en activo.
¿La fórmula? Aliarse con quien sabe del tema: expertos de Dutch CleanTech, un consorcio holandés especializado en tecnologías sustentables, más respaldo técnico de la Secretaría de Marina y voluntad política desde el gobierno estatal. A eso se suman inversiones en tres plantas de tratamiento de aguas residuales, biodigestores que procesarán sargazo y desechos orgánicos, y producción de biometano. Suena a ciencia ficción, pero ya está en marcha.
Y no están solos. La Asociación de Hoteles de la Riviera Maya también cerró acuerdos con compañías privadas dedicadas al tratamiento y almacenamiento del alga, mientras que la Marina refuerza operativos de limpieza y vigilancia costera. Aquí, el turismo ya entendió que, o se cuida el ecosistema… o se acaba el negocio.
Desde el inicio de su administración, Lezama ha destinado más de 380 millones de pesos al combate del sargazo, pero esta vez apuesta por una visión a futuro: que la alga invasora sea aprovechada en lugar de combatida como enemigo eterno.
Claro que falta mucho por recorrer, pero cuando se combinan ciencia, inversión y voluntad política, las mareas pueden cambiar. Y en este caso, para bien.
Porque sí, el sargazo huele mal. Pero peor huele perder millones en turismo, empleos y reputación internacional por no actuar. Hoy, en lugar de resignarnos, Quintana Roo busca innovar. Y eso, aunque suene extraño, empieza con una plaga marina.




