Por: Jorge Castro Noriega
México navega por aguas agitadas. Y Claudia Sheinbaum, a ocho meses de asumir la presidencia, ya enfrenta su primer gran dilema internacional: contener crisis simultáneas en la frontera norte y la frontera sur, con el equilibrio diplomático colgando de un hilo.
La primera sacudida vino desde Washington, donde Kristi Noem, secretaria de Seguridad Interna de Estados Unidos, lanzó una grave acusación: que la presidenta mexicana alentó protestas violentas en Los Ángeles tras las redadas masivas contra migrantes.
Sheinbaum respondió con firmeza y pruebas: lo único que hizo fue llamar a la unidad de los mexicanos en el exterior y exigir respeto frente a la amenaza de cobrar impuestos a las remesas. Sin embargo, el daño estaba hecho. El mensaje de la Casa Blanca fue más político que diplomático… y sonó fuerte en la era Trump.
Pero lo que más encendió las alarmas no fue el reclamo extranjero, sino los tropiezos internos. Desde Morena, el senador Gerardo Fernández Noroña no resistió la tentación de provocar y terminó retando públicamente al legislador republicano que promovía los impuestos a las remesas. El resultado fue contraproducente: el gravamen propuesto subió del 3.5 al 5%. Y como si no bastara, un grupo de legisladores de Morena intentó organizar una marcha a la embajada estadounidense, pero Adán Augusto López -esta vez más prudente- apagó el fuego antes de que la chispa se convirtiera en incendio.
En el sur, Chiapas también hizo ruido. Policías estatales persiguieron a un grupo armado hasta territorio guatemalteco, donde se registró un enfrentamiento que dejó un muerto. Guatemala protestó por la incursión y México, presionado, ofreció disculpas formales.
Las declaraciones de autoridades chiapanecas -que insinuaron vínculos entre los criminales y policías guatemaltecos- sólo empeoraron el panorama, obligando a la Cancillería a rectificar y a Sheinbaum a intervenir personalmente para calmar las aguas.
Lo preocupante no es sólo la tensión bilateral, sino la falta de orden interno. Voceros sin filtro, senadores sin tacto y una estrategia de comunicación desarticulada han puesto a la presidenta contra las cuerdas.
México no puede permitirse improvisaciones en política exterior. Hoy más que nunca, el país necesita coherencia, disciplina y liderazgo.
Y para eso, el primer paso es que en Palacio Nacional se definan de una vez las lealtades y los estorbos.




