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martes, marzo 31, 2026

El voto a granel: romance con las dádivas

En México, el voto se ha convertido en una moneda de cambio tan barata que parece comprada en el tianguis de cualquier región marginada. Cada que se vota por lo que sea, los políticos desfilan con sus bolsas de despensas, sus tarjetas rosas y sus promesas de “apoyos sociales” que, en teoría, salvarán a las masas de la miseria.

Pero, ¡oh sorpresa!, lo único que se salva es la permanencia de los mismos en el poder. Y nosotros, los ciudadanos, caemos en la trampa con la gracia de un borracho en una cantina: tambaleantes, pero convencidos de que el próximo trago será el bueno.

No es ningún secreto que los programas sociales son el anzuelo perfecto. ¿Quién no quiere unos pesos extra para la tortilla o el frijol? El problema no es el apoyo en sí, que a veces es un salvavidas en un país donde el salario mínimo parece una broma de mal gusto. El problema es cuando esos apoyos se convierten en grilletes electorales.

“Toma tu beca, pero no olvides marcar la boleta donde te digo, y ahora para que no te cueste trabajo, hasta con acordeón”, parece ser el lema no escrito de ciertos gobiernos. Y así, el voto, ese acto que debería ser la máxima expresión de la libertad ciudadana, se reduce a una transacción tan indigna como venderle el alma al diablo por un par de tenis pirata.

El peligro de esta práctica no es solo que pervierte la democracia, sino que nos convierte en una sociedad de pedigüeños entrenados. Nos acostumbramos a esperar la migaja del gobierno, a aplaudir al mesías de turno que llega con su caravana de billetes y promesas.

¿Y la dignidad? Bien, gracias, guardada en el cajón junto con los ideales de la Revolución que tanto cacarean los políticos.

Entregar el voto a cambio de un apoyo social es como firmar un pagaré en blanco: te dan un alivio momentáneo, pero terminas hipotecando tu futuro y el de tus hijos.

Los programas sociales, que deberían ser un derecho universal y no una herramienta de manipulación, se han convertido en el arma favorita de los caciques modernos. Desde las tarjetas del bienestar hasta las despensas con el rostro del candidato o candidata sonriente, todo está diseñado para comprar lealtades.

Y el pueblo, con una mezcla de necesidad y resignación, se alinea en la fila del conformismo. “¿Qué más da?”, dicen algunos, “al menos me dieron algo”. Pero ese “algo” es el precio de nuestra voz, de nuestra capacidad de exigir un país mejor, no uno que nos tenga mendigando eternamente.

La solución no es sencilla, porque la pobreza no se resuelve con discursos ni con regalos. Pero si no empezamos a entender que el voto es un arma y no una mercancía, seguiremos siendo clientes de un sistema que nos vende espejitos a cambio de nuestra libertad.

México merece más que un pueblo de rodillas agradeciendo las migajas. Merece ciudadanos que voten con la cabeza en alto, no con la mano extendida.

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