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martes, marzo 31, 2026

Con Dios en la boca y la selva bajo el tractor

Por: Jorge Castro Noriega

Mientras la atención mediática se centra en la “gentrificación” de barrios capitalinos, una colonización más silenciosa y dañina ha ido tomando forma en el sur de la Península de Yucatán. Lejos del ruido, sin redes sociales ni reflectores, los menonitas han logrado lo que pocos: talar selvas enteras en nombre de su fe y su subsistencia, bajo el amparo de décadas de omisión institucional.

Esta comunidad, que emigró a México hace casi 100 años para conservar su estilo de vida alejado del mundo moderno, encontró tierra fértil no solo para sus cultivos, sino también para su expansión. De Chihuahua a Durango, de Zacatecas a Campeche, Yucatán y ahora Quintana Roo, han extendido sus dominios, no con violencia, sino con bulldozers, tractores y permisos tácitos de gobiernos que, por años, prefirieron ignorar su avance.

Pero esa época parece estar tocando a su fin. Autoridades ambientales federales y estatales han comenzado a actuar con firmeza: siete denuncias penales han sido interpuestas por la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA), tras documentarse el cambio ilegal de uso de suelo en más de 2,600 hectáreas de selva. La acción incluye el aseguramiento de maquinaria, clausura de predios y advertencias de posibles desalojos. En Quintana Roo, el secretario de Ecología, Óscar Rébora, confirmó que este operativo es apenas el inicio.

No se trata de pequeñas parcelas familiares ni de prácticas agrícolas sostenibles. Las comunidades menonitas han desmontado vastas áreas selváticas para sembrar soya, palma y maíz, usando pesticidas tóxicos y alterando cuencas y suelos. Incluso han invadido zonas de reserva ecológica y construidos caminos clandestinos sin autorización, como ha sido documentado en municipios como Bacalar y José María Morelos.

La devastación no es exclusiva de México. En Sudamérica, organizaciones ambientales han denunciado que este modelo de explotación agrícola ha causado la pérdida de más de cuatro millones de hectáreas de bosques en países como Bolivia y Paraguay. Hoy, esa misma lógica amenaza la selva maya, uno de los pulmones naturales más importantes del continente y fuente vital para cientos de comunidades indígenas.

Durante demasiado tiempo, esta expansión fue disfrazada de tradición. Las trenzas rubias, los overoles y los sombreros de ala ancha lograron lo que ni los desarrollos turísticos ni los narcoganaderos: avanzar sin ser cuestionados. Pero ya no más. Lo que se juega aquí no es sólo la preservación de un ecosistema, sino el freno a un modelo extractivo disfrazado de devoción.

Frenar la deforestación causada por las colonias menonitas no es una cruzada contra una comunidad religiosa: es un acto de justicia ambiental. Celebrar la decisión del gobierno de Quintana Roo y de las autoridades federales de intervenir por fin en esta crisis, es reconocer que proteger la selva no es una opción, es una urgencia. Porque si no lo hacemos ahora, pronto será demasiado tarde.

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