Bacalar, paraíso de lagunas cristalinas y postales de ensueño. Un lugar donde el viajero espera desconectarse del mundo, abrazar la calma y tomarse una selfie con un fondo que haga suspirar de envidia a los seguidores de las redes. Pero, ¡vaya sorpresa! Parece que en este edén mexicano, también se sirven raciones de intolerancia, con un toque racista y un mensaje claro: “Aquí no queremos sionistas”. Qué manera tan encantadora de recibir al turista, ¿no?
Imaginemos la escena: Yahir, un ciudadano israelí-estadounidense, llega con su esposa y sus dos hijos pequeños a disfrutar de unos días de descanso en la laguna de Bacalar. Reserva una habitación frente al agua, como cualquier mortal que quiere un pedacito de paraíso. Todo parece perfecto hasta que amanece y encuentra en el escritorio del lobby un cartón enmicado que dice: “Aquí no permitimos el sionismo, viva Palestina libre”, con una bandera palestina dibujada. Qué detalle tan hospitalario, ¿verdad? Nada le dice “bienvenido” a un huésped extranjero como un mensaje de odio personalizado con motivos de raza o creencia.
Yahir, con la paciencia que uno debe tener cuando viaja con niños pequeños, confronta al dueño del hotel, esperando, no sé, tal vez una disculpa, un “fue un malentendido” o al menos un café de cortesía para bajar el mal sabor. Pero no. El propietario, en un alarde de clase y profesionalismo, llama a un joven empleado que llega luciendo una playera con, adivinen qué: ¡una bandera palestina! Porque, claro, en el manual de hospitalidad de Bacalar, el cliente siempre tiene la razón… salvo que sea judío, israelí o cualquier cosa que huela remotamente a “sionismo”. Yahir, con su familia, no tuvo más remedio que empacar sus maletas y abandonar el plan de quedarse una noche más. ¿Quién necesita relajarse cuando puedes vivir una experiencia de rechazo en tiempo récord?
Pero al parecer no se trata de un suceso aislado. Resulta que Bacalar, y otros rincones turísticos de Quintana Roo, algunos personajes extremistas han decidido convertir sus comercios en pequeños museos de propaganda antiisraelí y antijudía. Pancartas, mensajes, playeritas… todo un despliegue de creatividad para recordarle a cualquier visitante judío que, bueno, aquí no son exactamente bienvenidos. Y todo esto en un estado que vive del turismo, que se jacta de ser un destino “de clase mundial”. ¡Qué ironía! Mientras el mundo entero discute el conflicto entre Israel y el grupo terrorista Hamás, en Bacalar ya tomaron partido, y de paso, decidieron que el turista que paga con su dinero no merece respeto si no encaja en su narrativa.
Aquí no se trata de tomar partido en un conflicto internacional que lleva décadas enredado en complejidades históricas, políticas y humanas. Aquí se trata de algo mucho más básico: el racismo descarado, la intolerancia servida en bandeja de plata y la absoluta falta de sentido común en un lugar que, supuestamente, vive de abrirle los brazos al mundo. ¿Qué sigue? ¿Carteles en Tulum que digan “No se admiten gringos que votaron por Trump”? ¿Playeras en Playa del Carmen con mensajes contra los franceses porque alguien no está de acuerdo con Macron? ¿O tal vez un letrero en Cancún que prohíba a los rusos por lo de Ucrania? Absurdo, ¿no? Pues eso es exactamente lo que está pasando en Bacalar.
Es indignante, pero también profundamente estúpido. Quintana Roo no es un campo de batalla ideológico; es un destino turístico que debería saber que el dinero de los visitantes, sean de donde sean, paga las cuentas, mantiene los empleos y sostiene la economía. Pero parece que algunos prefieren convertir sus hoteles y comercios en trincheras de una guerra que no les pertenece, espantando a familias como la de Yahir, que solo querían unos días de paz. El turismo no funciona así.
Así que, señores, guarden sus banderas, sus pancartas y sus playeras para un mitin político, si tanto les apasiona. Pero dejen de ensuciar el paraíso con su intolerancia.




