México volvió a encabezar titulares en Sudamérica, aunque no por las razones que quisiéramos. El gobierno de Perú declaró persona ‘non grata’ a la presidenta Claudia Sheinbaum luego de que México otorgó asilo político a la ex primera ministra Betsy Chávez, figura clave en el fallido intento de autogolpe de Pedro Castillo.
Un movimiento diplomático que pretende apegarse a nuestra tradición histórica terminó convertido en una chispa innecesaria en un tablero regional ya de por sí saturado de tensiones.
Sheinbaum ha presentado el gesto como un acto de humanidad, no de provocación. Y es cierto: México siempre ha sido refugio para perseguidos. Pero este episodio irrumpe justo cuando el país atraviesa uno de los momentos internos más delicados de los últimos años.
El problema no es el asilo, sino el ‘timing’. Mientras en Lima se discute si México se entromete o no en su política, aquí seguimos contabilizando muertos que no deberían existir. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, y la asunción de su esposa, Grecia Quiroz, como presidenta municipal suplente, reflejan la crudeza del país real, donde la violencia política sigue avanzando como si caminara sola.
Michoacán es, desde hace años, una radiografía incómoda: territorios disputados, autoridades vulnerables, instituciones sometidas. Cada ataque es un recordatorio doloroso de que la agenda más urgente no está en los Andes, sino en nuestra propia casa.
Sheinbaum ha mantenido un tono prudente ante la reacción peruana, pero la multiplicación de frentes abiertos —la violencia criminal, la presión social, las secuelas del sexenio pasado y ahora el roce diplomático— obliga a una reflexión profunda.
La presidenta está a cargo de un país que necesita definiciones nítidas. La política exterior puede sostener principios, sí, pero la política interna exige resultados.
La solidaridad internacional tiene valor moral, pero la seguridad nacional, valor de vida.
Claudia Sheinbaum llega al cierre de 2025 navegando entre tormentas que no pidió, pero que debe enfrentar, como el crimen organizado, tensiones internacionales y un país fatigado de malas noticias.
El reto no es renunciar a convicciones, sino ponerlas en orden de prioridad. México no está para diplomacias distractoras ni para pleitos ideológicos que no le suman un gramo de paz.
La presidenta puede construir un legado, pero este no se medirá por los personajes a quienes otorgue refugio, sino por la capacidad de devolverle seguridad a su gente. Ese es el mensaje que hoy debe escucharse —queremos escuchar— con claridad.




