Hay historias que, por más increíbles que parezcan, terminan por convertirse en espejo involuntario de otras naciones que aún creen estar a salvo. La reciente llegada clandestina de María Corina Machado a Oslo, Noruega —desafiando la red de represión que ha tejido Nicolás Maduro durante una década— no solo conmociona al continente: también desnuda el verdadero rostro de una tiranía que ya no se conforma con silenciar voces, sino que pretende borrar esperanzas.
El régimen venezolano, encapsulado en su discurso de “resistencia antiimperialista”, jamás imaginó que una mujer, sola, desprovista de aparato estatal, pudiera convertirse en el detonante de un movimiento de liberación. Pero así ocurrió. Mientras Caracas afina su maquinaria para perseguir opositores, Machado toma aire en Noruega y se prepara para encabezar un frente que busca devolverle dignidad a un país devastado.
Durante la ceremonia del Nobel de la Paz —premio que ella no pudo recibir— su hija pronunció un discurso que heló la sangre a más de uno. Enumeró sin estridencias y en perfecto inglés, los pasos que condujeron a Venezuela al abismo: el desmantelamiento institucional, el control absoluto del discurso público, el uso político de la pobreza, la erosión deliberada de contrapesos, la militarización de la vida civil, la cancelación del disenso, la persecución fiscal, la intimidación desde el poder.
La lista, por desgracia, resuena demasiado cerca de casa.
Porque México, bajo la narrativa redentora de la autodenominada Cuarta Transformación, camina con preocupante docilidad por esa misma ruta. Hoy vemos cómo se normaliza el ataque al Poder Judicial; cómo se minimiza la inflación de violencia; cómo se desmantelan órganos autónomos por considerarlos “incómodos”; cómo la retórica oficial divide, descalifica y señala al disidente como enemigo de la patria. Lo que pasó en Venezuela no fue un accidente histórico: fue un proceso. Y esos procesos, cuando no se reconocen, se repiten.
La tragedia venezolana debería servirnos como advertencia, no como guion. Y sin embargo, México parece empeñado en interpretar la misma obra que ya destruyó a Venezuela, a Cuba y a Nicaragua.
Machado cruza fronteras para luchar contra su tirano.
Nosotros, en cambio, pareciera que abrimos la puerta al nuestro con la cabeza en vergonzosa resignación.




